«Gente de paz», por Luli DELGADO

Por Luli DELGADOpara SudAméricaHoy

Así se identificaban quienes tocaban a la puerta en la Venezuela de mi infancia. La misma puerta donde encontrábamos pan y leche todas las mañanas y que contaba con una única llave por toda protección.

Después fuimos creciendo y el mundo fue cambiando mucho más rápido de lo que cambió para las generaciones anteriores.

El Hombre llegó a la Luna, se derrumbó el Muro de Berlín, surgió China como potencia, las bibliotecas cedieron su espacio a las pantallas de los computadores y nuestros hijos comenzaron a hacer sus tareas usando Google. Fue tal el alud de novedades que puede que nos hayamos obnubilado al extremo de pensar que éramos diferentes.

Sin embargo, aunque ahora seamos muchos más, vivamos en ciudades superpobladas, compremos nuestros regalos por internet y hablemos por WhatsApp, las pasiones humanas no cambian, como no cambia nada de lo que sentimos.

Por eso este año todos tuvimos las mismas aprehensiones, la misma preocupación, el mismo cansancio, porque fue un año que además de dejarnos exhaustos nos desempolvó nuestra esencia. Tal vez esta experiencia nos ha dejado más sensibles, menos ambiciosos, nos ha bajados los humos y ahora vivimos con expectativas menos rebuscadas, dándole importancia a lo que realmente la tiene.

El 2020 casi se termina con la luz de una vacuna que promete acabar con la peste. Respiramos un poco más aliviados y cada uno le desea a su país un renacer del trauma, agradece a Dios la salud de los seres queridos, o se consuela de la tristeza por los que se fueron. La humanidad en pleno abriga con sencillez la misma esperanza.

Ojalá que el Cielo nos permita volver a ser gente de paz.