«A brazo partido», por Alfredo BEHRENS

Por Alfredo BEHRENS, para SudAméricaHoy

Oigo decir que si América Latina vendiera todas sus reservas naturales podría pagar su deuda externa y sobraría. Sin embargo, me pregunto, ¿no es eso lo que se viene haciendo desde Colón?

Hay algo que no cuadra. Por aquí se hacen muchos agujeros, cada vez más hondos o más anchos. No hay país que no haya sido agujereado para sacar lo que de provecho hubiera. Y si nada hubiera se planta para exportar también, que es otra forma de minar la tierra; tanto que hay que devolverle a la tierra los minerales extraídos por las plantas.

O sea, vender recursos naturales es lo que venimos haciendo hace medio milenio y aunque avanzamos lo hemos hecho mucho más despacio que otros. Esto de vender recursos naturales sirve pero no mucho. ¿Por qué será?

Dicen que es porque vendemos barato. Cuando aumentamos el precio, como con la Opep, ganamos más, pero miren en qué estado quedamos, con Maduro a la cabeza del lado de acá y un príncipe árabe haciendo picadillo de periodistas del lado de allá. Está lejos de ser progreso.

Además, si tratamos de aumentar los provechos nos tumban los gobiernos o forman secesiones. Fue así que Bolivia perdió su salida al mar, y que Colombia perdió al istmo de Panamá.

El mal no estaría tanto en el extraer, sino en lo poco que queda para disfrutar. Pareciera que la forma de la organización de las industrias extractivas no nos sería muy ventajosa. Usan mucho capital, poca mano de obra, y se organizan como enclaves unidos al mar por ductos o ferrovías. O sea, se reparte poco el beneficio de la extracción. Eso cuando es ordenada, porque también están los otros casos, como represas que se rompen y matan a centenares de una vez, o que matan de a poco por la contaminación ambiental.

Son tantos los casos de desastres que es evidente que algo hay que corregir. Que no se corrija merece una explicación. Yo no la tengo, pero sugiero un camino.

Cuando los países viven de la extracción se pierde el deseo de hacer. Se montan empresas impresionantes que ahuecan, explotan, queman y trituran. Osea, se montan empresas que deshacen.  Al final de ese esfuerzo apocalíptico no hay más que un lingote o un barril. Sé que es difícil de llegar a eso, pero es poco como enorgullecerse de ello.

Con el tiempo, privadas de hacer para crear, el quehacer de las personas que trabajan en esas empresas se dedica a reducir costos. Cortan aquí, cortan allá, y se las arreglan con fiscales o legisladores que de otra manera podrían aumentar los costos. Y si se rompe una represa, bueno, para eso están los seguros. En suma, hay algo de horroroso en todo eso porque el ingenio se gasta en disimular la pulsión por la destrucción.

Creo que la redención pasaría por aumentar el beneficio local de lo que se extrae, para ir dándole una forma más deseable, algo motivador, que exija mayor capacitación, que despierte el orgullo de trabajar, de inventar.

Pero no creo que el cambio venga de adentro de esas empresas. Pasado el desafío de su implantación, en ellas todo es rutina y orillar la muerte. Permanentemente al borde del desastre, estas empresas desarrollan un liderazgo autocrático y amedrentador, la antítesis del ambiente del que se necesita para inventar y crear las organizaciones que busquen nuevas soluciones. Por eso, se limitan a hacer agujeros mayores y a usar máquinas más pesadas y barcos mayores.

Si l,as empresas mineras poco se beneficiaron de la tercera revolución industrial, la digital, menos aún podrán hacerlo de la cuarta, con su nanotecnología y biotecnología.  Por eso creo que vender más recursos naturales por estas empresas llevaría a más de lo mismo, que no nos ha servido a la medida de nuestras necesidades.